«Bio-ética» = «ética de la vida»

La confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, irreductible, que por su valor intrínseco, reclama ser tratada con amor de benevolencia.
La responsabilidad de la promoción y defensa del derecho a la vida, un compromiso existencial y práctico a favor de todas las personas, en especial, de los más débiles
Argumentar auténticamente la existencia y la condición espiritual del alma humana en diálogo real con las ciencias biomédicas contemporáneas.
Es una ciencia moral, no técnica, que ofrece criterios éticos a las ciencias experimentales sobre la vida.

martes, 21 de abril de 2009

Sentido Cristiano de la Muerte

III. SENTIDO CRISTIANO DE LA MUERTE

Si el momento del nacimiento está lleno de grandeza, con la muerte se asiste al derrumbamiento más absoluto de la persona.
Pocos temas han sufrido un cambio tan brusco en el pensamiento moderno como el de la muerte: de la obse­sión por ella de la filosofía existencialista, se ha pasado a olvidarla en el pensamiento actual.
El dramatismo de la muerte está así formulado por el Concilio Vaticano II en los epígonos del existencialismo histórico: «El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muer­te. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy úti­les que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biolo­gía no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano» (GS, 18).
Dado que hoy a nivel intelectual no inquieta demasia­do el tema de la muerte, una de las misiones de la Teología Moral es despertar en el hombre estas preguntas: ¿Qué sentido tiene la vida sí está destinada a morir? ¿Cómo vivir de forma que la muerte nos reafirme en los valores que aquí hemos practicado?

1. Enseñanzas bíblicas sobre la muerte

Las afirmaciones bíblicas más destacadas sobre el sen­tido de la muerte son las siguientes:
- La muerte, fin común de todos los hombres. A este respecto la Revelación hace de buen pedagogo recordando al hombre la universalidad de la muerte (2 Sam 14, 14; Eccl 3, 1-2).
- La muerte es el precio del pecado. Es una afirmación reiterada en el N. T. Es la tesis del conocido texto de San Pablo a los Romanos (Rom 5, 12). Pero, además del pecado de origen, el N. T. insiste en que el pecado siempre engen­dra la muerte (Rom 6, 21.23;! Cor 15, 33; 2 Cor 2, 16).
- La muerte es el fin del estadio terrestre. Algunas pará­bolas de Jesús tienen esta enseñanza (Mt 25). El N. T. alien­ta a los cristianos a perseverar hasta la muerte: «Sé fiel hasta le muerte y te daré la corona de la vida» (Apoc 2,10).
- La muerte es el comienzo de la vida eterna. Jesús, con vista a la muerte, propone la imagen de los dos caminos (Mt 7,13-14). Y el Apocalipsis cierra la Revelación con la promesa de dar la corona de la vida, al que «sea fiel hasta la muerte» (Apoc 2, l0).

2. Sentido cristiano de la muerte

Si la filosofía actual es menos sensible por el tema de la muerte, no cabe decir lo mismo de la teología. Y, a pesar de que algunos autores afirmen que es un tema profano a la teología y se ha inventado un nuevo término para designar­la, «tanatología», no obstante no pocos autores han vuelto a reflexionar desde la fe acerca del sentido de la muerte.
Volver a plantear el sentido de la muerte es también un cometido de la Ética Teológica, dado que la creencia en el más allá, según las estadísticas, ha bajado notablemente. Y. sin caer en una ética exclusivamente escatológica. la moral cristiana, al mismo tiempo que urge las obligaciones mora­les en esta vida. no puede ocultar que una de las caracterís­ticas de la moral del N. T. es que la conducta humana mere­ce premio o castigo en la otra vida.
En relación con lo que aquí interesa, la enseñanza católica sobre la muerte cabe formularla en las siguientes proposiciones:
- La pregunta sobre la muerte es coincidente con la pre­gunta sobre la vida. Es decir, el creyente descubre el senti­do de la vida humana a la luz de la creencia en la muerte, pues la vida adquiere su pleno sentido en el momento en que finaliza.
- La pregunta sobre la muerte cuestiona la existencia presente. La muerte ayuda a comprender el valor real del tiempo v de la vida de aquí. Desde la muerte se ve que la existencia humana está limitada por dos condiciones: es relativa y penúltima: sólo el «más allá» es absoluto v ultimo.
- La cuestión sobre la muerte es la respuesta sobre el sentido de la vida moral. La moral cristiana no es sólo una moral del tiempo presente, para «vivir bien», sino además para «morir bien». Esta idea quita cualquier solvencia a las doctrinas reencarnacionistas (cfr. CEC, 1013).


3. Derecho a morir con dignidad.

Las distintas etapas de la vida humana son dignas, pero el momento de la muerte merece especial atención porque la vida del enfermo está deteriorada y por ello más necesitada de atención. Además, la muerte es la prepara­ción para la eternidad.
También en relación con la muerte la ciencia médica ha experimentado progresos técnicos en dos aspectos: en alargaría más de lo debido y en adelantaría antes de un óbito normal. En ambos casos se pueden violar los dere­chos del enfermo: el derecho a morir con la dignidad que le corresponde y el derecho a vivir el tiempo que Dios haya dispuesto a cada hombre. Estas distintas situaciones adquieren nombres diversos:
- Ortotanasia: Es la praxis médica por la cual se acep­ta la situación terminal de un enfermo y no se le aplican medios extraordinarios para alargar la vida más allá del tiempo debido.
- Distanasia: Es la acción médica de alargar la vida más de lo debido por motivos diversos: experiencias médi­cas, intereses familiares (herencias), sociales (un jefe polí­tico), etc.
Como es lógico, no siempre será fácil distinguir estos dos estados. Existen situaciones en las que será difícil fijar la frontera entre uno y otro. Por eso, el criterio determi­nante suele ser la «intención» y el «fin» que decide el jui­cio de cada una de estas dos situaciones. En caso de duda, puede decidir el equipo médico.

a) Valoración moral
La ortotanasia es lícita cuando a juicio del médico no deben aplicarse más medidas, dado que el enfermo se encuentra en estado terminal. El análisis y la característi­cas que se aplican para hablar de estado terminal, en general, están fijadas por la medicina. En un Documento oficial de la Santa Sede se afirma:
«En muchos casos, ¿no sería una tortura inútil imponer la reanimación vegetativa en la última fase de una enferme­dad incurable? El deber del médico consiste más bien en hacer posible por calmar el dolor en vez de alargar el mayor tiempo posible, con cualquier medio v en cualquier condición, una vida que ya no es del todo humana y que se dirige naturalmente hacia su acabamiento» (A las Feder. lntern. de Asistencias Medicas Católicas, 1 -X-1970).
La Distanasia está prohibida, pues no respeta el dere­cho que tiene el hombre a morir con la dignidad que se merece. Lo que decide la moralidad de prolongar la vida son dos criterios: los medios empleados y el fin por el que se alarga la vida. En relación con los medios se aplica la teoría de «medios ordinarios» y «extraordinarios», que no siempre es fácil de fijar. Por ello, se prefiere hablar de medios «proporcionados». Pero más bien se ha de tomar como criterio de valoración ética el fin y la intención de mantener al enfermo terminal con medios que se juzgan desproporcionados. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:
«La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamien­tos es rechazar el 'encarnizamiento terapéutico'. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el pacien­te, si para ello tiene competencia y capacidad o si no por los que tienen derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente» (CEC, 2278).

b) La eutanasia. Su eticidad
«Eutanasia» deriva del griego «eu» (bueno) y «zána­tos» (muerte), significa, pues «buen morir» o «buena muerte». De ahí deriva su acepción de «muerte feliz». El Diccionario de la Real Academia la define: «Muerte sin sufrimiento y, en sentido estricto, la que así se provoca voluntariamente».
Y la Encíclica Evangelium vitae la define:
«Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte. con el fin de eliminar cual­quier dolor» (EV. 65).
El tema no es nuevo, se ha planteado en todas las épo­cas, pero lo que resulta novedoso es la defensa a ultranza, el requerimiento de una ley permisiva v la extensión que toma en nuestra cultura. La Congregación para la Doctrina de la Fe he emitido un amplio documento sobre el tema (DE, 27-VI-1980).
La eutanasia puede ser «activa» cuando es demandada por el mismo interesado y «pasiva», si se practica sin su consentimiento.
Los principios éticos que se ofrecen para la condena de la eutanasia, tanto activa como pasiva son los siguientes:
- Principio de inviolabilidad de la vida humana. El hombre no es dueño absoluto de la vida, por eso no puede disponer de ella, menos aún otros, como sucede en la eutanasia pasiva.
- Superioridad de la vida sobre otro valor. No hay valor que pueda compararse con la vida. Los que defienden la eutanasia, confunden la «dignidad», con la «compasión».
- Peligro de abuso por parte de las autoridades. No es un fantasma, permitida la eutanasia, siempre se encontra­rán razones suficientes para aplicarla.
- Se resiente y baja el sentido moral de la sociedad. La vida es un don tan grande, que cuando se adquiere domi­nio para matarla surge un desmoronamiento de la ética social.
El juicio ético se formula así en el Documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe:
«Es necesario reafirmar con toda firmeza, que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocen­te. sea feto o embrión. niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad. ni puede consentirlo explícita o implícita­mente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata. en efecto. de una violación de la ley divina. de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida. de un atentado contra la humanidad» (DE. 15).
La misma condena se repite en la Encíclica Evangelium vitae. Juan Pablo apela a esta fórmula tan solemne:
«De acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Lev de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita: es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio» (EV, 65).
Conclusión: El Magisterio ha defendido siempre la vida humana, por lo que ha condenado cualquier regula­ción jurídica que permita violarla, y pone de manifiesto lo equívoco que es apelar a la admisión democrática, mediante una ley refrendada por la votación popular. Como resumen de este amplio magisterio, baste citar la Encíclica Evangelium vitae:
«Si la autoridad pública puede. a veces, renunciar a reprimir aquello que provocaría, de estar prohibido. un daño más grave, sin embargo, nunca puede aceptar legiti­mar, como derecho de los individuos -aunque éstos fueran la mayoría de los miembros de la sociedad-, la ofensa infli­gida a otras personas mediante la negación de un derecho suyo tan fundamental como el de la vida. La tolerancia legal del aborto o de la eutanasia no puede de ningún modo invocar el respeto de la conciencia de los demás. precisa­mente porque la sociedad tiene el derecho y el deber de protegerse de los abusos que se pueden dar en nombre de la conciencia y bajo el pretexto de la libertad» (EV. 71).
El magisterio de los últimos Papas ha proclamado el valor de la vida humana desde su concepción hasta su muerte en una cultura, que amplios sectores del pensa­miento caracterizan como «cultura de la muerte». La Encíclica Evangelium vitae lo hace con estas duras pala­bras:
«En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha contra la 'cultura de la vida' y la 'cultura de la muer­te', no basta detenerse en la idea de la libertad... Es necesa­rio llegar al centro del drama vivido por el hombre contem­poráneo: el eclipse del sentido de Dios y del hombre, caracte­rístico del contexto social y cultural dominado por el secularismo, que con sus tentáculos penetrantes no deja de poner a prueba. a veces. a las mismas comunidades cristia­nas. Quien se deja contagiar por esta atmósfera, entra fácil­mente en el torbellino de un terrible círculo vicioso: per­diendo el sentido de Dios, se pierde también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida».
Seguidamente, el Papa añade que en tales condiciones culturales, se puede llegar a corromper la recta razón para percibir a Dios:
«La violación sistemática de la ley moral. especialmen­te en el grave campo del respeto a la vida humana y a su dignidad. Produce una especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios» (EV, 21).

extracto del texto del Pbro. Luis Rifo F.

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