«Bio-ética» = «ética de la vida»

La confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, irreductible, que por su valor intrínseco, reclama ser tratada con amor de benevolencia.
La responsabilidad de la promoción y defensa del derecho a la vida, un compromiso existencial y práctico a favor de todas las personas, en especial, de los más débiles
Argumentar auténticamente la existencia y la condición espiritual del alma humana en diálogo real con las ciencias biomédicas contemporáneas.
Es una ciencia moral, no técnica, que ofrece criterios éticos a las ciencias experimentales sobre la vida.

martes, 21 de abril de 2009

Dolor y Sufrimiento

1. DOLOR Y SUFRIMIENTO


Se usan indistintamente, sin embargo existe entre ellos alguna distinción: el «dolor» hace relación más directa con el cuerpo, mientras que el «sufrimiento» se refiere a los dolores del espíritu. Juan Pablo II evoca esta distinción y, al mismo tiempo, subraya la equivalencia:
«Esta distinción toma como fundamento la doble dimensión del ser humano, e indica el elemento corporal y espiritual... el sufrimiento físico se da cuando en cualquier manera 'duele el cuerpo', mientras que el sufrimiento es 'dolor del alma'» (SD, 5).

1. El enigma del dolor


El tema del dolor es uno de los grandes enigmas de la existencia humana. Por eso, el hombre de la calle y el inte­lectual se cuestionan sobre su sentido y ante él se dan las reacciones más divergentes: el pecador lo maldice y el santo lo asume con gozo. «La verdadera alegría, profesaba San Francisco de Asís, está en la cruz».

a) El dolor en la filosofía
Los filósofos de todos los tiempos se han enfrentado con el origen y el sentido del dolor. Y es que el enigma del sufrimiento despierta otros problemas más graves, entre ellos la existencia de Dios. En todas las religiones y filosofías, de una u otra forma, se repite la inquietante argu­mentación de Epicuro:
«Si Dios no quiere impedir el mal, no es suficientemen­te bueno. Si no puede impedirlo. no es omnipotente. Si no puede ni quiere, es débil y envidioso a la vez. Sí puede y quiere -y sólo esto es propio de Dios-, ¿de dónde procede el mal y por qué no lo elimina Dios?».
En el pensamiento cristiano, Boecio presenta la obje­ción casi en los mismos términos: «Si Dios existe, ¿de dónde sale el mal?; si no existe, ¿de dónde sale el bien?». Pero, precisamente, Boecio adelanta la solución que dará Tomás de Aquino: la existencia del mal no es un argumen­to contra Dios, sino, al contrario: precisamente porque se da el mal, Dios existe, pues, si el mal es desorden, previa­mente existe el orden, cuyo autor sólo puede ser Dios.
El tema se presentó de nuevo con fuerza en tiempo de Leibniz y se repitió en la filosofía existencial. La actitud atea de un sector del existencialismo se apoyaba en el hecho del mal: la «peste» de la última guerra mundial. El ateísmo de este sistema filosófico es el que tiene a la vista el Concilio Vaticano II al afirmar que «el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra el mal en el mundo» (GS, 19). Ésta es la paradoja del dolor: o lleva al ateísmo o hace santo al hombre.

b) Enseñanzas bíblicas en tomo al sentido del dolor. Antiguo Testamento
El pueblo de Israel ha experimentado en su propia his­toria la existencia del mal: la esclavitud de Egipto, las derrotas, los castigos cruentos, el destierro... Pero la Biblia no exalta el dolor como otras religiones, sino que para el israelita el dolor es un mal, es «râ», es decir, es lo malo. De ahí que el lenguaje hebreo lo exprese con térmi­nos que significan «el gesto del que sufre» (hêbêl), o como un «escalofrío» (hîl), como «actitud de duelo» (êbel) o «emitir una queja» (mispêd), etc.
En cuanto al origen del dolor, conforme a la «pedago­gía divina», parece que en la Biblia ha habido una clara evolución. Hasta el libro de Job, el israelita considera al dolor como un castigo: es la tesis que se ventila en este libro: Job sufre todo un cúmulo de dolores y sin embargo es inocente. Con esta lección queda superada la tesis del origen del dolor como un castigo.
Es evidente que en el Antiguo Testamento no pocos males se deben al castigo de Dios por las infidelidades del pueblo o de sus representantes. Pero lo que demuestra el libro de Job es que no todos los males físicos tienen ese origen: también al inocente le acecha el dolor.
En dependencia con la idea de dolor-castigo enlaza la creencia de que «los hijos pagan los pecados de sus padres». Éste es el origen del proverbio: «Los padres comieron el agraz y los dientes de los hijos sufren la dente­ra» (1 Sam 2, 31-34; 2 Rey 5, 27). El profeta Ezequiel anunciará el final de esa creencia: « No repetiréis más ese proverbio» (Ez 18, 2-4). Y Jeremías sentenciará: «Cada uno por su culpa morirá: quienquiera que coma el agraz tendrá dentera» (Jer 31, 29-39).
La revelación posterior indica otros motivos que hacen útil el dolor: el sufrimiento tiene un valor purificador (Jer 9, 6; Eccl 2, 5; Sab 3, 4-6) y adquiere vigencia la concep­ción de «expiación vicaria»: unos sufren por el bien de otros (2 Mac 7, 38; Zac 12, 10; 15 33, 4-5).

2. La teología acerca del mal en el Nuevo Testamento


Si en el A. T. el paradigma del sufrimiento del inocente fue Job, en el N. T. el modelo del dolor libremente asumi­do es Jesucristo. Desde la muerte de Cristo en el Calvario, la Cruz se ha convertido en el emblema del dolor para toda una civilización.

a) Doctrina de Jesús
En realidad, Jesús no expone una doctrina -una teoría- sobre la naturaleza y origen del dolor. Lo que realmente hace Jesucristo es alentar al sufrimiento y Él mismo lo asume hasta cotas insospechadas. En concreto, éstas son sus enseñanzas:
- Jesús proclama que la cruz es condición para ser su discípulo (Mc 8, 34; Mt 16, 24; Lc 9, 23; 24, 27). Su consig­na es una invitación al sufrimiento: «El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí» (Mt 10.38). Pero Jesús no sufre al modo estoico: Él mismo pide al Padre que le quite el cáliz que ha de beber (Mc 14, 36).
- Jesús se compadece de los que sufren y mitiga el dolor ajeno (Lc 7, 11-15). Casi todos los milagros son signos de alivio del dolor. En esto se concreta la biografía que hace San Pedro: «Pasó haciendo el bien y sanando a todos» (Hech 10, 38).
- El dolor no es castigo por los pecados. El ciego de nacimiento, no «pecó él ni sus padres», es «para que se manifieste en él la gloria de Dios» (Jn 9, 1-4). Pero otras veces Jesús destaca el castigo punitivo: es el símbolo de la maldición de la higuera (Lc 13, 6-9).
- El dolor en la vida de Jesús. Es lo más destacable. No se conserva discurso alguno en el que Jesús «teorice» sobre el dolor. Lo que transmite la Revelación son las cua­tro amplias narraciones de su Pasión, en las que Jesús asume todos los dolores -físicos y morales- de una mane­ra límite y extrema: la muerte ignominiosa en la cruz es el paradigma del dolor humano.
Por consiguiente, la doctrina cristiana sobre el dolor no es una explicación filosófica, psicológica, médica ni siquiera ética, sino teológica y aún mejor cristológica: el ser y la existencia de Jesús corresponden a la «kénosis»; su biografía es el anonadamiento, hasta «la muerte y muerte de Cruz» (Fil 2, 5-11).

b) Teología de San Pablo sobre el dolor
El Apóstol, al meditar en la vida y pasión de Jesús, saca las consecuencias y reflexiona sobre el sentido del dolor. Éstas son sus tesis fundamentales:
- Pasión y resurrección. Pablo no se detiene tanto en la pasión cuanto en la resurrección (Rom 8, 34), pues, al resucitar, Cristo muestra el triunfo sobre la muerte (1 Cor 15, 5-57). Esta nota biográfica de la vida de Jesús debe ilu­minar la vida del hombre: el sufrimiento de aquí lleva al gozo de la eternidad (Rom 8, 18-19; 2 Cor 4, 17).
- La muerte de Cristo, señal de un gran amor. Mediante su pasión, Jesús demostró su amor a los hom­bres. La consecuencia que saca el Apóstol es: «Me amó y se entregó a la muerte por mí» (Gal 2, 20). La cruz es la señal del gran amor (Rom 5, 5-11).
- Mediante la pasión de Cristo, el mundo está salvado. La comparación entre Adán y Cristo muestra el anverso y el reverso de la historia humana: si por Adán entró el pecado, por Jesús viene la salvación (1 Cor 15,21-22).
- Somos corredentores con Cristo. Puesto que el dolor es el precio de la redención: «habéis sido comprados a un gran precio» (1 Cor 6, 20). San Pablo también ofrece sus padeci­mientos «por vosotros yo suplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).
- El valor del sufrimiento. El dolor ya no es un castigo ni un abatimiento, sino que el dolor es «ocasión para padecer por Él» (Fil 1, 29). Pablo se alegra en sus sufri­mientos (Fil 2, 17); «son su gloria» (Ef 3, 13); «no se avergüenza de sus padecimientos» (2 Tim 1, 12), sino que son «su consuelo» (2 Cor 1, 5-6). Él se gloria de «predicar a Cristo y a Cristo crucificado» (1 Cor 2, 2).
En resumen, la cruz que «era necedad para los que pierden», v constituía un «escándalo para los judíos y locura para los gentiles» se convierte «en poder de Dios para los que se salvan» (1 Cor 1, 18-23).
A la vista de la vida de Jesús, de sus enseñanzas en la pasión y muerte y de las reflexiones de los Apóstoles, la tradición profundizó en el origen del mal que sitúa en el pecado de Adán y en los pecados de los hombres. El origen del mal físico está en el mal moral. Es la tesis de Santo Tomás.

3. ¿Por qué el dolor?

La respuesta del cristiano es inmediata: el dolor no es maldito, ni siquiera es un mal, dado que Cristo nos redimió con el dolor, y por ello, desde entonces, la cruz es la señal de un gran amor y el signo de la salvación. Pero no se ha hecho más que arrastrar la dificultad del gran escándalo del mal unos metros más allá. Pues la razón sigue preguntando: ¿por qué Cristo nos redimió con la cruz y no con el gozo? ¿Por qué nos redimió en el Calvario y no en la fiesta que siguió a la multiplicación de los panes y de los peces?
Si Cristo muriendo en la Cruz es la respuesta al dolor, no hemos hecho más que retrotraer las dificultades. El mal y, más en concreto, el dolor es una gran aporía. No obstante, desde el pensamiento cristiano cabe una cierta iluminación de esta oscuridad. He aquí algunos jalones:

a) La libertad del hombre
Muchos males -¡la mayor parte!- son fruto del mal ejer­cicio de la libertad humana. No cabe imputar a Dios las graves injusticias sociales, ni el hambre en el mundo, ni las guerras, ni los campos de concentración, etc.: los males que ocasiona el hombre tienen su origen en el mismo hombre y Dios no hace más que «lamentar» el mal uso que hace el hombre de este gran don, que es la libertad.

b) La limitación humana
Otro cúmulo de males provienen de la limitación humana: todo lo vivo se deteriora, envejece y muere. Así, los males del cuerpo son debidos al deterioro inherente a toda la materia que con el uso se gasta. Tampoco el «espí­ritu encarnado» es ajeno a esta ley Asimismo, la existencia del hombre no es eterna, sino que el organismo humano se deteriora y muere. El hombre, como ser finito, tiene que aceptar su propia limitación.

c) La acción de las fuerzas de la naturaleza
También el hombre está sujeto a las fuerzas de la natu­raleza, al fin y al cabo, si el hombre es «un-ser-en-el-mundo», sufre el influjo del entorno. Pero la naturaleza no es sólo la puesta del sol o la primavera, el cosmos tiene sus manifestaciones en el movimiento del mar, en el viento y en la fuerza de los terremotos. Por ello, esos zarpazos de la naturaleza que dan lugar a los cataclismos (CEC, 310).

d) La incógnita de Dios
Las razones expuestas no dan razón total del sufri­miento humano. Todavía quedan incógnitas que no es fácil eliminar. El resto queda en el misterio del actuar de Dios: “Dios sabe más!», y al hombre se le ocultan las razones por las que Dios per­mite tantos males que en ocasiones parecen inútiles. Santo Tomás Moro escribió a su hija desde la Torre de Londres en espera del martirio: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor» (Carta a su hija, cfr. CEC, 313).
Es evidente que estas razones no logran esclarecer el gran misterio del dolor. Para ello es preciso ir a los oríge­nes del primer pecado: allí en el «mysterium iniquitatis» (2 Tes 2, 7) se encuentra el origen del primer mal. Como enseña San Pablo, «la muerte entró en el mundo por el pecado» (Rom 5, 12-21) y, a partir de este hecho, todo queda averiado: el interior del hombre (Rom 7,17-25) y el mundo cósmico (Rom 8,19-23).
Supuesto el pecado de origen, con esa lesión profunda del ser humano, el mal físico -el dolor y la enfermedad- atempera la malicia del hombre. Dado el orgullo humano, sería tremendo pensar qué seria el mundo si el hombre no tuviese en cuenta el deber y no temiese el hecho de la enfermedad y de la muerte. Se olvidaría de Dios y haría su mundo. Entonces, seguro que, sin cataclismos cósmicos, aumentarían los campos de concentración y de extermi­nio. De este modo, el dolor sirve al hombre de rehabilita­ción, le impide absolutizar los valores temporales y le impulsa a acordarse de Dios, porque necesita de El.

4. Eliminación del mal

Pero el cristiano no es un fatalista frente al mal y menos aún un masoquista que se goza en él. El cristiano tiene la obligación de combatir contra el mal injusto e impedir que crezca y se reproduzca. Si muchos males -el mayor cúmulo- son ocasionados por la libertad torcida del hombre, la fe cristiana demanda una «lucha por la jus­ticia», por lo que el cristiano debe sentirse movilizado en la batalla contra ese mal.
El otro cúmulo de males que proceden de la limitación de la naturaleza, el hombre lucha para vencerlos. Así com­bate el dolor con analgésicos y canaliza el río para que no se desborde.
Quedan como gran incógnita esos otros males que no tienen una causa conocida y que despiertan el misterio de Dios, entonces no cabe más que acogerse a su voluntad oculta y confiar, mediante la esperanza, en el final del mal y en el comienzo de todos los bienes. Pues, como enseña San Pablo: «Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación de la gloria que ha de manifestarse en nosotros» (Rom 8, 18).

Pbro. Luis Rifo Feliu

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