«Bio-ética» = «ética de la vida»

La confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, irreductible, que por su valor intrínseco, reclama ser tratada con amor de benevolencia.
La responsabilidad de la promoción y defensa del derecho a la vida, un compromiso existencial y práctico a favor de todas las personas, en especial, de los más débiles
Argumentar auténticamente la existencia y la condición espiritual del alma humana en diálogo real con las ciencias biomédicas contemporáneas.
Es una ciencia moral, no técnica, que ofrece criterios éticos a las ciencias experimentales sobre la vida.

lunes, 13 de abril de 2009

El Terrorismo

El terrorismo

El terrorismo es una de las formas más genuinas de procurar la muerte del inocente, por eso el terrorista es un verdadero asesino. Ninguna de las circunstancias que motivan la rebeldía social o política puede justificar la muerte violenta -pensada y organizada- de personas ino­centes. Las condenas de la moral cristiana han sido cons­tantes. Las resumen estas palabras de Juan Pablo II: «Quiero hoy unir mi voz a la voz de Pablo VI y de mis predecesores, a las voces de vuestros jefes religiosos, a las voces de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para proclamar, con la convicción de mi fe en Cristo y con la conciencia de mi misión, que la violencia es un mal, es inaceptable como solución a los problemas, que la violen­cia es indigna del hombre. La violencia es una mentira, porque va contra la verdad de nuestra fe, la verdad de nues­tra humanidad. La violencia destruye lo que pretende defender: la dignidad, la vida, la libertad del ser humano» (Discurso en Irlanda, 29-IX-1979). Y el Catecismo de la Iglesia Católica sentencia que «el terrorismo que amenaza, hiere y mata sin discriminación es gravemente contrario a la justicia y a la caridad» (CEC, 2297).
Además, el terrorismo despierta casi todas las pasiones humanas: la venganza, el odio, la ira, etc.; quita la paz de un pueblo y provoca la división en la convivencia. Son tantos los valores éticos que conculca el terrorismo, que no basta la condena -verbal o escrita-, sino que es preciso que la comunidad cristiana, afectada por él, organice acciones masivas que desagravien a Dios y condenen el «crimen». No se trata de manifestaciones populares, como las que puede promover la sociedad civil, sino de expresio­nes públicas religiosas que hagan conscientes a los fieles del mal moral que entraña el terrorismo. Los pastores de la Iglesia podrían invitar también a los fieles a hacer actos especiales de penitencia siempre que una acción terrorista ocasionase un crimen humano.

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