«Bio-ética» = «ética de la vida»

La confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, irreductible, que por su valor intrínseco, reclama ser tratada con amor de benevolencia.
La responsabilidad de la promoción y defensa del derecho a la vida, un compromiso existencial y práctico a favor de todas las personas, en especial, de los más débiles
Argumentar auténticamente la existencia y la condición espiritual del alma humana en diálogo real con las ciencias biomédicas contemporáneas.
Es una ciencia moral, no técnica, que ofrece criterios éticos a las ciencias experimentales sobre la vida.

jueves, 7 de mayo de 2009

Simposium Eclesial sobre la Droga 1997

Prolusión

S. Em. Cardenal ANGELO SODANO
Secretario de Estado, Santa Sede


¡Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio; ilustres señores, amables señoras!

Con vivo placer tomo la palabra en este Simposio que, por iniciativa del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, nos muestra una vez más que la Santa Sede está en primera línea en un tema como el de la droga, que constituye uno de los problemas más graves de la sociedad contemporánea por el número de víctimas que provoca, por las familias que arroja en la angustia, por los jóvenes que destroza mientras se asoman a la vida.

Al dirigir un caluroso saludo a todos los presentes, expreso mi aprecio a los promotres del Encuentro, que afronta un tema de importante incidencia a nivel personal y social. En efecto, el fenómeno de la droga es la expresión de una criminalidad que se impone al mercado y a la sociedad con una prepotencia inaudita y lucra inmensas y deshonestas ganancias y, al mismo tiempo, es síntoma de un gran malestar que afecta a la cultura y a la ética especialmente de las sociedades más adelantadas desde el punto de vista económico. Por estas múltiples implicaciones, el tema de la droga va mucho más allá de los confines de un problema sanitario y, de cualquier manera, de una problemática sectorial. Este tema abraza aspectos fundamentales de la existencia, plantea interrogantes ineludibles acerca del sentido de la vida, sobre la ética personal y comunitaria y sobre las profundas razones de la convivencia civil.

Por esta razón es amplia la rosa de los temas afrontados en el programa del Encuentro. Se presenta muy rico de aportes especializados, gracias a calificadas personalidades de renombre internacional, lo cual facilita mi tarea introductiva que, ante la expresión del aprecio del Santo Padre por la iniciativa del Pontificio Consejo, podría limitarse a presentar su saludo de estima y de augurio a los relatores y participantes, junto con el deseo de que de estos tres días de reflexión sobresalgan elementos significativos no sólo para una posterior reflexión y una encuesta sobre este grave fenómeno, sino también de una adecuada estrategia para eliminarlo.

Sin embargo, me parece útil recordar aquí algunos de los numerosos pronunciamientos dedicados a este tema durante el actual pontificado, poniendo de relieve los aspectos más salientes. Más que informaciones sobre la realidad del fenómeno droga – informaciones que otros ofrecen con competencia específica – de estas líneas magisteriales emergen los criterios para realizar una lectura precisa e iluminadora desde el punto de vista especifícamente eclesial.

El "flagelo de la droga"

La primera cosa que salta a la vista, cuando uno se acerca a los varios pronunciamientos pontificios sobre el tema, es la intensa solicitud que el Santo Padre dedica a la dramaticidad del fenómeno. He aquí los vibrantes términos con los que Juan Pablo II se refería al respecto hace algunos años: "Hoy – decía – el flagelo de la droga arrecia cruelmente y con dimensiones impresionantes, por encima de muchas previsiones. Episodios trágicos denotan que la desconcertante epidemia tiene ramificaciones muy amplias, alimentada por un infame mercado que sobrepasa los confines de las naciones y de los continentes. Las implicaciones venenosas del río subterráneo y sus conexiones con la delincuencia y el hampa son tales y tan numerosas que constituyen uno de los principales factores de la decadencia general" (Enseñanzas de Juan Pablo II, VII, 2, 1984, p. 37).

Detrás de palabras tan duras están los datos que vosotros, ilustres señores, bien conoceis. Es verdad que, en lo que se refiere a las estadísticas, es difícil obtener datos precisos, justamente por la naturaleza clandestina del uso de las drogas. Pero es convicción común y fundada que dicho uso se expande como el aceite. El uso de drogas sintéticas, con respecto a las que derivan de las plantas, tiene la triste ventaja de estar más al alcance de los consumidores, mientras el control se vuelve cada vez más difícil, porque por un lado puede existir una excedencia de producción lícita a la que sigue la diversión y, por el otro, la fabricación ilícita (Cf. United Nations international Drug Control Programme, World Drug Report, Oxford University Press 1997, p. 41). Teniendo en cuenta los datos ofrecidos por el Programa de las Naciones Unidas para el control internacional de drogas, para poder reducir sustancialmente el provecho de los traficantes debería interceptarse por lo menos el 75% del tráfico internacional de droga. Pero este objetivo está lejos de ser logrado y ciertamente es difícil conseguirlo si pensamos que el tráfico de cocaína y de heroína está controlado en gran parte por organizaciones transnacionales, administradas por grupos criminales bien centralizados con la implicación de una amplia gama de personal especializado: de los químicos a los especialistas en las comunicaciones y en el reciclaje del dinero, de los abogados a los policías, etc. (ibid. p. 123). Como se sabe, en los últimos 20 años las organizaciones de traficantes de droga han extendido sus intereses a otras formas de actividades ilícitas, haciendo aumentar increíblemente las ganancias y por consiguiente el poderío de esta criminalidad sin escrúpulos.

Efectos devastadores

Pero, más allá de las dimensiones cuantitativas del fenómeno, la voz del Magisterio se ha preocupado en estos años de poner en alerta sobre todo ante los efectos devastadores que la droga produce no sólo en la salud sino en la misma conciencia, así como también en la cultura y en la mentalidad colectiva. En realidad este fenómeno es fruto y causa de una grande degeneración ética y de una creciente desagregación social, que corroen el tejido mismo de la moralidad, de las relaciones interpersonales, de la convivencia civil.

En estos años, además, se han revelado cada vez mayores los daños físicos concomitantes y consiguientes: de la hepatitis a la tuberculosis y al SIDA. Es supérfluo recordar el contexto de violencia, de explotación sexual, del comercio de armas, del terrorismo, en el que florece este fenómeno. Y ¿quién no sabe cuan difíciles se vuelven las relaciones familiares? Particular peso recae sobre la mujer, a menudo obligada a la prostitución para mantener al marido que se droga.

Al parecer no son por nada excesivas las expresiones usadas por Juan Pablo II cuando tiempo atrás definió a los traficantes de drogas "mercantes de muerte" (Enseñanzas, XIV, 2, 1991, p. 1250). Una muerte que, si no es siempre la muerte física, es sin embargo una muerte moral, una muerte de la libertad y de la dignidad de la persona. La droga tiende a "esclavizar" a la persona. Lo recordó el Papa en su visita pastoral a Colombia en 1986, cuando se refirió a los narcotraficantes: "Traficantes de la libertad de sus hermanos, que esclavizan con una esclavitud a veces más terrible que la de los esclavos negros. Los mercantes de esclavos impedían a sus víctimas el ejercicio de la libertad. Los narcotraficantes reducen a sus víctimas a la destrucción misma de la personalidad" (Enseñanzas IX, 2, 1986, p. 197). Teniendo en cuenta estos efectos, nos explicamos por qué el juicio moral que la Iglesia da al respecto sea particularmente severo. Surge espontánea la condena a quienes son directamente responsables del fenómeno, con la producción clandestina de drogas y el tráfico de las mismas, como también de quienes son indirectamente cómplices. Pero el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda también a los que se drogan o están tentados de hacerlo, que el uso de la droga "con exclusión de los casos de prescripciones estrictamente terapéuticas, constituye una culpa grave" (CEC 2291). Evidentemente no podemos dar aquí un juicio sobre la responsabilidad subjetiva, ya que muchos, una vez entrados en esta infernal dependencia, se vuelven también – por lo menos en parte – incapaces de la elección radical necesaria para sustraerse a esta penosa esclavitud. Pero el principio moral, recordado sin titubeos, no es sólo una norma, sino también una ayuda ofrecida a la conciencia para que logre vigor y coherencia.

La responsabilidad pública

Frente a la enormidad del fenómeno y a sus trágicos efectos, no hay duda de que la mayor responsabilidad para afrontarlo y eliminarlo recae en las autoridades públicas. Es un llamado que Juan Pablo II ha recordado muchas veces para que, tanto a nivel nacional como internacional, se dé una respuesta a los desafíos de la droga de manera decidida, adoptando soluciones que desanimen desde el inicio este tráfico infame. Se trata de un tema que, además de ser difícil, es también delicado para aquellas regiones en las que el cultivo ilícito de plantas destinadas a la producción de droga parece ser la única opción ventajosa para los agricultores. Es claro que en estos casos es necesario proveer para ofrecer recursos sustitutivos, "capaces de garantizar a los obreros y a sus familias una situación adecuada a su dignidad como personas e hijos de Dios" (Discurso a los Obispos de la Conferencia Episcopal de Bolivia con ocasión de la visita ad limina, 22 de abril de 1996, L’Osservatore Romano, 22-23 de abril de 1996).

Pero este aspecto del problema no quita la responsabilidad a la autoridad pública que debe tomar otras medidas necesarias. Al respecto, la Iglesia sigue con cierta aprehensión el debate que desde hace tiempo registramos entre los llamados "prohibicionistas" y los "anti-prohibicionistas". En efecto, es conocido que estos últimos cada vez más vivazmente son promotores de la liberalización y la legalización de las drogas – por lo menos de aquellas drogas "suaves" – proponiendo argumentos de diferente naturaleza y usando como palanca el hecho de que la política prohibicionista no sólo no ha resuelto el problema sino que lo habría empeorado. Los prohibicionistas, a su vez, responden que la ausencia de sanciones provocaría problemas incluso más graves de los que ya existen, dando a los jóvenes un indicio equivocado y facilitándoles el primer paso que podría llevarlos luego a las drogas pesadas. De este modo la legalización iría en sentido opuesto a la educación y a la prevención, comportaría mayores riesgos para la salud y mayores costos para la sociedad, no haría desaparecer el mercado negro de narcóticos ni disminuir la violencia y la criminalidad. Uno de los principales riesgos sería también la irreversibilidad de una opción de este tipo y la dificultad de dicha regulación.

Frente a este "regulation debate", la posición de la Iglesia ha sido y sigue siendo clara. Ciertamente no se quiere negar que el problema es complejo y que entre los defensores de la tesis anti-prohibicionista están presentes personas que, en buena fe, plantean el problema seria y responsablemente. Pero el riesgo es muy elevado y las razones que llevan a una política diferente resultan ser más convincentes. En 1984, hablando a las Comunidades terapéuticas, Juan Pablo II dijo al respecto: "La droga es un mal y ante el mal no se consienten renuncias. Las legalizaciones incluso parciales, además de ser por lo menos discutibles con respecto a la índole de la ley, no surten los efectos que habían establecido. Una experiencia bastante común lo confirma. Prevención, represión y rehabilitación: estos son los puntos focales de un programa que, concebido y actuado a la luz de la dignidad del hombre, sostenido por la rectitud de las relaciones entre los pueblos, recibe la confianza y el apoyo de la Iglesia" (Enseñanzas, VII, 2, 1984, p. 349). Recientemente, el Pontificio Consejo para la Familia, en una reflexión pastoral sobre este tema específico, ha exhortado para evitar simplificaciones y generalizaciones y "sobre todo la politicización de una cuestión profundamente humana y ética". Además, en lo que se refiere a la distinción entre drogas "suaves" y "pesadas" ha observado: "Quizás los productos serán diferentes, pero las razones de base siguen siendo las mismas. Es por este motivo que la distinción entre "drogas duras" y "drogas blandas" conduce a un callejón sin salida. La drogadicción no se juega en la droga sino en lo que lleva a un individuo a drogarse... La legalización de las drogas comporta el riesgo de los efectos opuestos a los buscados... A través de la legalización de la droga... son las razones que conducen a consumir dicho producto las que son convalidadas" (¿Liberalización de la droga? Una reflexión pastoral del Pontificio Consejo para la familia. L’Osservatore Romano, 22 de enero de 1997).

Las raíces ético-culturales del fenómeno

Estas consideraciones nos conducen al aspecto central del problema, en el que converge de manera especial la atención de la Iglesia: ¿Por qué uno se droga? En efecto, es claro que más allá de los condicionamientos de un mercado irresponsable y a todos los ofrecimientos de una criminalidad bien organizada, es siempre el individuo, con su libertad y responsabilidad, que supera el umbral peligroso de las drogas, que a menudo terminan en un camino sin retorno.

¿Por qué lo hace? La extensión del fenómeno droga hace pensar en un malestar profundo, que toca las conciencias, pero al mismo tiempo el ethos colectivo, la cultura y las relaciones sociales. El Papa invita a mirar en esta dirección. El fondo del problema de la toxicomanía, observa, "generalmente está en un vacío existencial, debido a la ausencia de valores y a una falta de confianza en sí mismos, en los demás y en la vida en general" (Enseñanzas, XVI, 2, 1991, p. 1249). Aún más: "La droga es un vacío interior que busca evasión y desemboca en la oscuridad del espíritu incluso antes de la destrucción física" (Enseñanzas, XIII, 2, 1990, p. 1579). Existe un nexo entre la enfermedad provocada por el abuso de drogas y una patología del espíritu que lleva a la persona a huir de sí misma y a buscar satisfacciones ilusorias en la huida de la realidad, hasta anular totalmente el significado de la propia existencia.

Además, no se puede negar que la toxicomanía está estrechamente vinculada también al estado actual de una sociedad permisiva, secularizada, en la que prevalecen hedonismo, individualismo, pseudo-valores, falsos modelos. La "Familiaris consortio" la considera una consecuencia de una sociedad que corre el riesgo de ser siempre más despersonalizada y masificada, deshumana y deshumanizante (Enseñanzas, IV, 2, 1981, p. 1087).

En este contexto "enfermo", que involucra a individuos y a la sociedad, los que se drogan, según las expresiones del Santo Padre, son "como personas en ‘viaje’ que buscan algo en lo cual creer para vivir, tropiezan, en cambio, en los mercantes de muerte, que los agreden con el halago de ilusorias libertades y de falsas perspectivas de felicidad" (Enseñanzas, XIV, 2, 2, 1991, p. 1250). Casi se podría decir que este gran "viaje", que los hombres buscan en la droga, es la "perversión de la aspiración humana al infinito... la pseudomística de un mundo que no cree, pero que sin embargo no puede despojarse de la tensión del alma hacia el paraíso" (J. Ratzinger, Svolta per l’Europa, Ed. Paoline 1992, p. 15).

Una estrategia adecuada

Si este es el problema, es obvio que no es suficiente la "prohibición", aunque ciertamente es necesaria. "Este mal – ha dicho el Papa – para ser vencido requiere un nuevo empeño de responsabilidad en el ámbito de las estructuras de vida civil y, en particular, mediante la propuesta de modelos de vida alternativos" (Enseñanzas, XII, 2, 1989, p. 637).

Es la estrategia de la prevención, por la cual – subraya Juan Pablo II – es necesario el concurso "de toda la sociedad: padres, escuela, ambiente social, instrumentos de la comunicación social, organismos internacionales; es necesario el compromiso para formar una sociedad nueva, al alcance del hombre; la educación para ser hombres" (Enseñanzas, VII, 1, 1984, p. 1541). Se trata de poner en acto un compromiso coral para proponer, en cada nivel de convivencia, los valores auténticos y, en particular, los valores espirituales.

Pero para los que ya han caído en las espirales de la droga, son necesarios adecuados itinerarios de cura y de rehabilitación, que van mucho más allá del simple tratamiento médico, porque en muchos casos está presente todo un conjunto de problemas que requieren la ayuda de la psicoterapia ya sea del sujeto individual como del núcleo familiar en sí, junto con un adecuado apoyo espiritual, etc. Las drogas sustitutivas, a las que a menudo se recurre, no son una terapia suficiente; antes bien son un modo velado para rendirse ante el problema. Sólo el compromiso personal del individuo, su voluntad de renacer y su capacidad de levantarse pueden asegurar el retorno a la normalidad del mundo alucinador de los narcóticos.

Pero para ayudar a la persona en un camino tan fatigoso, son necesarias también ayudas sociales. La familia sigue siendo el principal punto de referencia para cada acción de prevención. Es lo que Su Santidad ha subrayado en varias ocasiones, sin dejar de expresar un vivo aprecio a las Comunidades terapéuticas, que "mirando y teniendo incansablemente fijo el objetivo en el ‘valor hombre’, aun en la variedad de sus fisonomías, han demostrado ser una fórmula buena" (Enseñanzas, VII, 2, 1984, p. 346).

Un reto para la Iglesia

En este compromiso coral existe un papel que compete de manera específica a la Iglesia: está llamada no sólo a anunciar el Evangelio, sino también como "experta en humanidad". A quienes viven el drama de la drogadicción ella da el saludable anuncio del amor de Dios, que no quiere la muerte, sino la conversión y la vida. La Iglesia, además, se coloca a su lado para emprender un itinerario de liberación que los lleve al descubrimiento o redescubrimiento de la propia dignidad de hombres y de hijos de Dios.

Es sobre todo con este testimonio, vivido a través de diferentes formas de evangelización, de celebraciones litúrgicas y de vida comunitaria, que la Iglesia ofrece su servicio de prevención y de rehabilitación a los que son víctimas de la droga. Deben sentirse particularmente comprometidas las familias cristianas, las comunidades parroquiales y las instituciones educativas. Un papel especial están llamados a desarrollar los medios de comunicación social que, bajo diferentes aspectos, tienen como punto de referencia la comunidad eclesial. Especial y concreto testimonio sigue siendo el de las Comunidades terapéuticas de inspiración cristiana, cuyos métodos, aunque marcados por una légitima pluriformidad, conservan siempre las características de adhesión al Evangelio y al magisterio de la Iglesia.

El horizonte de la esperanza

Nos encontramos, pues, en este Encuentro que, bajo el patrocinio del Pontífice felizmente reinante, de algún modo quiere dar un nuevo impulso al compromiso eclesial en este ámbito, ofreciendo también elementos de reflexión y de propuesta a toda la sociedad.

Bien sabemos que la complejidad del problema no autoriza a ningún optimismo ingenuo. Pero no debemos olvidar que las razones de la esperanza cristiana no se apoyan solamente en el compromiso humano, sino también y sobre todo en la ayuda de Dios. Por tanto, con el augurio de que el Encuentro ofrezca un grande aporte a esta tan noble causa, quiero concluir mi intervención citando lo que el Papa dijo frente al propagarse de este triste fenómeno en el Discurso de conclusión de la VI Conferencia Internacional sobre Droga y Alcohol: "Realmente, en estas condiciones, podrían parecer fuertes las razones que inducen a abandonar toda esperanza. Sin embargo, conscientes de esto, vosotros y yo queremos ofrecer nuestro testimonio de que existen razones para seguir esperando y que son mucho más fuertes de aquellas contrarias".

Son palabras que nos abren el corazón a la confianza y nos invitan a trabajar con renovado impulso al servicio de aquellos a los que el vórtice cenagoso de la droga corre el riesgo de englutir en sus remolinos mortales.

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