«Bio-ética» = «ética de la vida»

La confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, irreductible, que por su valor intrínseco, reclama ser tratada con amor de benevolencia.
La responsabilidad de la promoción y defensa del derecho a la vida, un compromiso existencial y práctico a favor de todas las personas, en especial, de los más débiles
Argumentar auténticamente la existencia y la condición espiritual del alma humana en diálogo real con las ciencias biomédicas contemporáneas.
Es una ciencia moral, no técnica, que ofrece criterios éticos a las ciencias experimentales sobre la vida.

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domingo, 26 de abril de 2009

El Homicidio voluntario en el Catecismo Iglesia Catolica

El homicidio voluntario

2268 El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso el homicidio
directo y voluntario. El que mata y los que cooperan voluntariamente con él
cometen un pecado que clama venganza al cielo (cf Gn 4,10).
El infanticidio (cf GS 51,3), el fratricidio, el parricidio, el homicidio del cónyuge
son crímenes especialmente graves a causa de los vínculos naturales que rompen.
Preocupaciones de eugenismo o de salud pública no pueden justificar ningún
homicidio, aunque fuera ordenado por las propias autoridades.
2269 El quinto mandamiento prohíbe hacer algo con intención de provocar
indirectamente la muerte de una persona. La ley moral prohíbe exponer a alguien
sin razón grave a un riesgo mortal así como negar la asistencia a una persona en
peligro.
La aceptación por parte de la sociedad de hambres que provocan la muerte sin
esforzarse por remediarlas es una escandalosa injusticia y una falta grave. Los
traficantes cuyas prácticas usureras y mercantiles provocan el hambre y la muerte
de sus hermanos los hombres, cometen indirectamente un homicidio. Este les es
imputable (cf. Am 8,4-10).
El homicidio involuntario no es imputable moralmente. Pero no se está libre de
falta grave cuando, sin razones proporcionadas, se ha obrado de manera que se ha
seguido la muerte, incluso sin intención de darla.

jueves, 9 de abril de 2009

El Homicidio

2. El homicidio

Del valor bíblico de la vida del hombre, hecho a «ima¬gen de Dios», se deduce la maldad del homicidio, que se condena en la Biblia con la pena de muerte: «Quien vertie¬re sangre de hombre por otro hombre será su sangre verti¬da, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre» (Gen 9, 6). Más tarde, el homicidio resume el 5º Precepto del Decálogo: «No matarás» (Ex 20, 13).
Es de notar que el verbo del original hebreo es «rasach», que significa la muerte del inocente. Por eso cabría traducirlo: «No causarás la muerte de un hombre de un modo arbitrario», o sea «ilegal». Para otra clase de muertes, la Biblia emplea los términos «harag» y «hemit».
El homicidio (la muerte de un inocente) mereció siem¬pre las mayores repulsas incluso en aquellas épocas en las que la pena de muerte era frecuente. Por ejemplo, la tradi¬ción de la Iglesia, desde los primeros escritos, condena con dureza la muerte del inocente. Así, por ejemplo, la Carta a Bernabé, de época tan primitiva, sentencia: «No matarás, para ello no darás veneno, no matarás el feto en el seno de la madre, no matarás al niño ya nacido» (Carta XX).
La misma condena se repite en los otros Padres Apostólicos, en los Apologistas del siglo u y en los Santos Padres. La Iglesia antigua enumera el homi¬cidio entre los «crimina», junto con la apostasía y el adul¬terio: eran los tres pecados calificados como más graves. Por eso es condenable la muerte caprichosa e injusta que connota el terrorismo.