«Bio-ética» = «ética de la vida»

La confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, irreductible, que por su valor intrínseco, reclama ser tratada con amor de benevolencia.
La responsabilidad de la promoción y defensa del derecho a la vida, un compromiso existencial y práctico a favor de todas las personas, en especial, de los más débiles
Argumentar auténticamente la existencia y la condición espiritual del alma humana en diálogo real con las ciencias biomédicas contemporáneas.
Es una ciencia moral, no técnica, que ofrece criterios éticos a las ciencias experimentales sobre la vida.

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jueves, 14 de mayo de 2009

Suicidio y Bioetica

Autor: P. Jorge Loring | Fuente: Para Salvarte

Suicidio y bioética

El suicidio, es decir, quitarse a sí mismo la vida deliberadamente y por propia iniciativa es una falta grave.El hombre tiene obligación de conservar la propia vida

8.Es, además, un pecado contra este mandamiento el suicidio, es decir, quitarse a sí mismo la vida deliberadamente y por propia iniciativa44.El hombre tiene obligación de conservar la propia vida45.

Por lo mismo no es lícito exponerla temerariamente cuando no lo aconseja razón alguna del deber o caridad46.Tampoco es lícita la propia mutilación, a no ser que no se pueda por otra vía proveer a la salud de todo el cuerpo47.El suicidio es pecado grave porque la vida no nos pertenece a nosotros, sino a Dios, que nos la ha entregado en usufructo48.No puedo quemar la casa en que vivo porque no es mía: la tengo sólo arrendada.¿Acaso me he dado yo la vida para considerarla como mía? Pero generalmente el suicida lo hace en un momento de arrebato o desesperación. Y esto es un atenuante.

Las situaciones difíciles se superan pidiendo a Dios que nos libre de ellas o nos dé fuerzas para sobrellevarlas. Pero el suicidio no arregla nada: lo estropea del todo y para siempre. Por eso sólo la locura o la irreligión pueden llevar al suicidio."El suicidio lo cometen frecuentemente personas que por enfermedad, o por otras causas, no son totalmente dueñas de sí mismas. De ordinario es difícil medir el grado de responsabilidad y de culpabilidad que contraen"49."Trastornos psíquicos graves pueden disminuir la responsabilidad del suicida"50."La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida"51.Antes, La Iglesia negaba a los suicidas las ceremonias religiosas. Pero desde 1971, sólo niega los funerales religiosos a los que expresamente han manifestado su rechazo.

No es suicidarse el perder la vida en un acto de servicio o de caridad52, como al salvar a un náufrago.Aunque uno sepa, al tirarse al agua, que es posible pierda la vida.Esto no es suicidarse, pues no se busca la muerte directamente, sino que se pierde la vida al querer salvar a otro.Pero "nadie puede exponer su vida a peligros graves sin causa proporcionada que justifique la exposición al mismo"53.

Tampoco sería suicidio ofrecer la propia vida para salvar la de un inocente, como el caso del P. Maximiliano Kolbe, que se ofreció a morir a cambio de un padre de familia en un campo de concentración alemán. Efectivamente, murió voluntariamente, pero nadie lo considera suicida, sino mártir.Caso similar es el de un condenado a muerte a quien se le da el modo de quitarse él mismo la vida.Incluso podría asimilarse el caso del espía que se quita la vida como único modo de proteger informaciones secretas que pueden poner en peligro a su patria. Este quitarse la vida no sería un suicidio moral. Así opina el célebre moralista Häring54.

44. ANTONIO ROYO MARÍN,O.P.: Teología Moral para seglares, 1º, 2ª, II, nº 447. Ed. BAC. Madrid. regresar
45. DENZINGER: Magisterio de la Iglesia,nº 1938c. Ed. Herder. Barcelona. regresar
46. DENZINGER: Magisterio de la Iglesia,nº 1939. Ed. Herder. Barcelona. regresar
47. DENZINGER: Magisterio de la Iglesia,nº 2246,2348. Ed. Herder. Barcelona. regresar
48. Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2280 regresar
49. Conferencia Episcopal Española: Ésta es nuestra fe, 2ª, III, 7, 2, 2, c. EDICE. Madrid, 1986. regresar
50. Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2282 regresar
51. Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2283 regresar
52. ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.:Teología Moral para seglares,1º, 2ª, II, Nº 444,3º.Ed.BAC.Madrid regresar
53. ANTONIO ARZA, S.I.: Preguntas y respuestas en cristiano, pg. 245. Ed. Mensajero. Bilbao. regresar
54. BERNHARD HÄRING: SHALOM:Paz, XVI, 2. Ed. Herder. Barcelona. 1998. regresar

Suicidio en relacion a la enfermedad

Suicidio en relación a la enfermedad

"Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante al muerte." -Evangelium Vitae #65

... Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio. -Evangelium Vitae #65

66. Ahora bien, el suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala.83 Aunque determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general.84 En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo sabio de Israel: « Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir » (Sb 16, 13; cf. Tb 13, 2).

Compartir la intención suicida de otro y ayudarle a realizarla mediante el llamado « suicidio asistido » significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada. « No es lícito —escribe con sorprendente actualidad san Agustín— matar a otro, aunque éste lo pida y lo quiera y no pueda ya vivir... para librar, con un golpe, el alma de aquellos dolores, que luchaba con las ligaduras del cuerpo y quería desasirse ».85 La eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante « perversión » de la misma. En efecto, la verdadera « compasión » hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes —como los familiares— deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos —como los médicos—, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas. -Evangelium Vitae #66

jueves, 7 de mayo de 2009

El suicidio: El hermoso don de la vida sólo está en manos de Dios

El suicidio: El hermoso don de la vida sólo está en manos de Dios

Dr. Luis E. Ráez

A todos nos debe cuestionar profundamente que hoy exista gente que se suicide supuestamente con el propósito de lograr un fin justo, como los extremistas que hacen detonar bombas en sus cuerpos matándose y quitándole la vida a otros seres humanos inocentes. No podemos apoyar a quienes sostienen que estos actos tienen una explicación cultural o religiosa. Muchos cristianos de occidente erróneamente apoyan el suicidio en el caso de una enfermedad avanzada como el cáncer y proponen el suicidio asistido para aliviar los sufrimientos de los pacientes.

En ambos casos el suicidio es la huida, la renuncia y el miedo a enfrentar una realidad dolorosa. Es también la desesperanza total y la rendición de la voluntad de la persona a no buscar el bien que este mundo tiene, y el Plan de Dios particular para cada ser humano y para su felicidad. En el caso del suicidio asistido, así como en los casos de los terroristas, hay otras personas involucradas que son en cierta forma responsables y cómplices de estas aberraciones ya que no hacen nada para impedir el suicidio o la muerte de inocentes. Existen estudios médicos que señalan que la mayoría de los suicidas son pacientes con enfermedades mentales o depresión. Y algunos ni siquiera son considerados competentes para tomar decisiones. Se estima que la mayoría de suicidas ha visitado un médico en los seis meses previos a cometer ese acto. De allí que nuestra actitud debería ser la de ayudar a estas personas que creyendo que no existen opciones, optan por soluciones extremas, en vez de facilitar que persistan en su error para deshacernos de ellos o sacar provecho de lo que van a realizar.

Siempre hay alguien que cuestiona el suicidio como un derecho de la persona. Está claro que cuando la persona ejerce sus derechos para casarse, escoger un trabajo, votar, asociarse etc., opta libremente. Sin embargo, cuando la persona comete suicidio, anula su derecho a la vida al mismo tiempo que todos sus demás derechos y destruye su dignidad humana. Por ello la opción por el suicidio nunca podrá considerarse algo sano o natural.

Evidentemente, quedan excluidos de esta categoría los pacientes que con enfermedades terminales y a puertas de la muerte, optan por no prolongar su agonía en horas o días cuando, por ejemplo, se les decretó muerte cerebral. En estos casos, la Iglesia establece el término «medios desproporcionados o extraordinarios», refiriéndose a las medidas que pueden dejar al paciente morir en paz cuando es ya la voluntad de Dios que esto ocurra, evitándoles sufrimientos innecesarios. «La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte» (Evangelium Vitae 65). En el Catecismo de la Iglesia Católica está establecido claramente que somos los administradores de la vida y no dueños de la misma, ya que sólo Dios tiene el poder de dar la vida o quitarla: «Yo doy la muerte y doy la vida» (Dt 32, 39). Citando una vez más la Evangelium Vitae encontramos que el Papa Juan Pablo II nos dice que «cuando el hombre usurpa este poder dominado por una lógica de necedad y egoísmo lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte». El Santo Padre considera que el suicidio es tan moralmente objetable como el asesinato. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como un mal grave. Esto a pesar de que existan circunstancias psicológicas, culturales o sociales que induzcan a la persona a llevar a cabo una acción que contradice profundamente la natural inclinación hacia la vida. «El suicidio es un rechazo absoluto a la soberanía de Dios sobre la vida y la muerte, es por ello que la persona que es cómplice de estos actos y/o ayuda a cometerlos está haciendo también algo inmoral y tiene culpa por ello así se lo hayan pedido» (Evangelium Vitae 66).

San Pablo nos dice en la carta a los Romanos que: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, vivamos o muramos, somos del Señor» (Rm 14, 7-8).

domingo, 26 de abril de 2009

El Suicidio en el Catecismo de la Iglesia Catolica

El suicidio

2280 Cada uno es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. El sigue
siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y
preservarla para su honor y la salvación de nuestras almas. Somos administradores
y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella.
2281 El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y
perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mismo. Ofende
también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad
con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados.
El suicidio es contrario al amor del Dios vivo.
2282 Si es cometido con intención de servir de ejemplo, especialmente a los jóvenes, el
suicidio adquiere además la gravedad del escándalo. La cooperación voluntaria al
suicidio es contraria a la ley moral.
Trastornos síquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del
sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida.
2283 No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado
muerte. Dios puede haberles facilitado por vías que él solo conoce la ocasión de
un arrepentimiento saludable. La Iglesia ora por las personas que han atentado
contra su vida.

lunes, 13 de abril de 2009

El suicidio

Suicidio

El término «suicidio» deriva del latín sui-occisio, o sea darse a sí mismo la muerte. El Diccionario de la Real Academia lo define: «Es quitarse violentamente y volunta­riamente la vida». Estos dos adverbios califican la muerte suicida: el suicidio requiere que se lleve a cabo de un modo violento y voluntario.
No pueden calificarse de «suicidio» algunos intentos que pretenden llamar la atención más que llevarlo a efec­to. El suicidio evoca el absurdo, dado que refleja una situación antinatural, pues el hombre como todo ser tien­de a mantenerse en su existencia. De aquí que, cuando decide quitársela, es porque ha caído en la tentación de que la vida no tiene sentido.

a) Valoración moral Sagrada Escritura
La Revelación subraya el dominio absoluto de Dios sobre la vida del hombre: «Ved que yo, sólo yo soy... Yo doy la muerte y la vida, hiero yo y sano yo mismo» (Dt 32, 39). En consecuencia, si el hombre no es dueño de su vida, tampoco puede «herirse» a sí mismo: es Dios quien da la vida y la quita.
Por estas razones, Israel no es un pueblo suicida. El A. T. sólo narra el suicidio de Ajitófel: «se ahorcó y murió» (2 5am 17, 23). El N. T. relata solamente el suicidio de Judas (Mt 27, 3-5). El suicidio tampoco aparece en los catálogos de pecados del N. T.
Esta cultura «antisuicida» contrasta una vez más con el pensamiento pagano, pues el suicidio era amparado por los moralistas de la cultura grecorromana. Lo aprueban Séneca, los estoicos y los epicúreos. Por el contrario, lo condenan Aristóteles y Platón.

b) Doctrina del Magisterio
Frente a la moral estoica, los Padres y el Magisterio son unánimes en condenar el suicidio. La Congregación para la Doctrina de la Fe afirma que «la muerte voluntaria, o sea, el suicidio, es tan inaceptable como el homicidio» (DE, 1, 9, 3). Y el Catecismo de la Iglesia Católica argumenta así: «El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mismo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es contrario al amor del Dios vivo» (CEC, 2281).
Pero en los últimos tiempos gana terreno la sentencia favorable al suicidio. La defensa actual tiene sus antece­dentes en algunos conocidos filósofos de los siglos XVIII-XIX: Hume, Montesquieu, Schopenhauer y Nietzsche. En nuestro siglo, lo defiende Durkheim y algunos existencia­listas. Camus distingue entre «suicidio pedagógico» y «sui­cidio absurdo».
Es cierto que no resulta fácil refutarles sin el recurso a Dios. Bonhóffer escribió: «El derecho al suicidio se desva­nece sólo ante la presencia de Dios... pues Dios defiende la vida incluso contra el que se siente hastiado de su vida» (Etica, 101).
Algunos moralistas actuales, aun negando la licitud del suicidio arbitrario, sostienen que el hombre no es un robot alquilado por Dios, sino que tiene una cierta autono­mía, en virtud de la cual podría procurarse la muerte en aquellas situaciones en que la vida se desmorona. Es de advertir que esos autores proponen esta argumentación como presupuesto para defender la licitud de la eutanasia.
Pero esa argumentación, que podría sostenerse desde la razón, no tiene cabida en la teología, pues, si la teono­mía es una característica de la moral católica, la depen­dencia primera es la «teonomía ontológica», pues el hom­bre en su mismo ser depende radicalmente de Dios. Para esas situaciones sirve la máxima de San Pablo: «Si vivi­mos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos» (Rom 14, 8).
La Encíclica Evangelium vitae resume así las razones bíblicas que condenan el suicidio:
«El suicidio es siempre moralmente inaceptable. al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala. Aunque determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva. el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades. de las que se forma parte y para la sociedad en general. En su realidad más profunda. constituye un rechazo de la sobera­nía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, procla­mada así en la oración del antiguo sabio de Israel: 'Tú tie­nes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir' (Sb 16,13; cfr. Tob 13, 2)». (EV, 66).
El hecho es que cada día es más frecuente el suicidio. La media anual se sitúa en 10 suicidios por cada 100.000 habitantes y sobre todo alarma el fenómeno del suicidio entre jóvenes.
El remedio contra el suicidio es el espíritu cristiano que nace del ejercicio de la virtudes teologales: de la fe, que da sentido a la vida y elimina el «sin-sentido» que pre­tende quitársela; de la esperanza, que hace que el hombre no «des-espere» y de la caridad, que, al mismo tiempo que ama a Dios, despierta el amor a la vida.